De granero del mundo a potencia alimentaria: el salto que Argentina no termina de dar

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En los últimos años, los múltiples conflictos militares y comerciales dispararon alertas sobre la seguridad alimentaria global. Los sucesivos aumentos en el precio del petróleo, el cierre de vías de navegación clave, los incrementos tarifarios y la reorganización de las cadenas de valor global repercutieron en los costos de la producción y el transporte. El Banco Mundial proyecta un alza del 24% en los precios de la energía para 2026, mientras el Programa Mundial de Alimentos estima que hasta 45 millones de personas adicionales podrían caer en inseguridad alimentaria aguda este año. 

Así, los obstáculos para el abastecimiento de alimentos se multiplican, a la vez que la demanda crece aceleradamente. El caso más notable es el de Estados Unidos que afronta mínimos históricos en la producción ganadera local, en coincidencia con incrementos en el consumo de carne. Algo similar sucede en Asia, donde los múltiples mercados emergentes –China, India, Bangladesh, Indonesia, entre otros- concentran más de la mitad de la población mundial y buscan estrechar lazos comerciales con los grandes productores para suplir la creciente demanda. En este contexto, el alimento volvió a ser geopolítica. Quien produce alimentos tiene poder. Sin embargo, producir alimentos no garantiza por sí mismo influencia ni capacidad de negociación.

El potencial argentino en números

La fertilidad excepcional de las tierras argentinas, así como la presencia de vastos acuíferos, y la amplia capacidad de tecnología aplicada a la producción -principalmente en genética maquinaria y monitoreo satelital-, representan ventajas comparativas que el país debe aprovechar. Además, la producción de América Latina en conjunto alcanza para satisfacer la demanda de al menos 1.300 millones de personas y tiene el potencial de multiplicar ese volumen. Argentina es una de las piezas mejor posicionadas en este tablero, produciendo cereales y legumbres para 1.000 millones de personas, carnes para 185 millones y azúcar para 135 millones.

Sin embargo, el potencial del sector agropecuario argentino radica en su proyección internacional. Actualmente, Argentina exporta alrededor de 53.000 millones de dólares en productos agroganaderos y, aunque representa menos del 3% del comercio global, se ubica entre los principales exportadores de soja y derivados, maíz, carne bovina, lácteos y productos regionales. Gran parte de los productos alimentarios experimentaron importantes incrementos en el total exportado en los últimos dos años, representando más del 60% de las exportaciones argentinas y la principal fuente de divisas.

Limitaciones persistentes y vulnerabilidades estratégicas 

A pesar de su rol clave en la estabilización macroeconómica, el sector afronta serias limitaciones históricas que no encuentran respuesta en políticas públicas efectivas. Además de soportar una altísima carga fiscal sobre la renta agraria (61,9%) y una infraestructura deteriorada o insuficiente –principalmente, el escaso desarrollo de la red ferroviaria o fluvial y la extrema dependencia hacia el transporte en camiones-, se presentan problemáticas estructurales que obstaculizan cualquier expectativa de crecimiento a largo plazo. Esto, sumado a las recurrentes crisis económicas, dificultan tanto el eslabonamiento de las cadenas agroindustriales para la producción de artículos de consumo final, como también la producción de alimentos “premium” ampliamente demandados en los principales mercados del mundo –por ejemplo, las cerezas patagónicas o pistachos cuyanos–. 

A las limitaciones internas se suman las deficiencias estratégicas y diplomáticas que consolidan términos de intercambio poco favorables para el país, además de la excesiva concentración de las exportaciones de los principales productos en unos pocos destinos. La preponderancia de China como comprador de carne bovina y poroto de soja deja al país sin contrapeso en una relación asimétrica. Asimismo, otras cuestiones como los estándares sanitarios y ambientales fijan condiciones que el país no puede cumplir a escala. Argentina, en suma, reacciona a las reglas que otros fijan en lugar de negociar desde su peso real como productor.

Destino de las exportaciones de granos, mostrando concentración en China y Brasil
Destino de las exportaciones de granos, mostrando concentración en China y Brasil. Créditos: Bolsa de Cereales de Rosario.

Producir no es lo mismo que tener poder

Una potencia alimentaria no solo produce y exporta, también condiciona y negocia en base a criterios derivados del propio interés estratégico y de su relevancia geopolítica, con el objetivo de proteger y consolidar sus cadenas productivas y robustecer su soberanía. La experiencia neerlandesa demuestra que una potencia alimentaria no se define únicamente por la superficie cultivada, sino por su capacidad para agregar valor, innovar y proyectar influencia comercial. En consecuencia, cabe preguntarse, ¿cómo convertir los millones de toneladas de alimentos producidos y exportados en poder geopolítico? ¿Cómo pasar de ser proveedor a ser potencia? La respuesta está en planificar el desarrollo sobre la base de la promoción de sectores competitivos y el posicionamiento estratégico. 

Argentina históricamente se comportó como proveedor barato de commodities, mientras que las retenciones desincentivaban la producción y los esfuerzos estatales se concentraban en la gestión del corto plazo. De esta forma, el Estado no logra proveer, por ejemplo, mecanismos estables de financiación para la producción, planes integrales de infraestructura y logística, o un contexto económico que otorgue previsibilidad y reduzca los costos del sector. A su vez, esta perspectiva circunstancial y reaccionaria se refleja en la política exterior y comercial. La posición periférica del país se refuerza si no se repiensa su inserción internacional considerando la potencialidad de los sectores productivos y las transformaciones y tendencias globales. 

Mercosur-Unión Europea
El Mercosur y la Unión Europea firman un acuerdo histórico tras 26 años de negociaciones. Créditos: Todo Noticias.

¿Qué necesitaría Argentina para dar el salto?

No alcanza con bajar retenciones. La competitividad depende también de la modernización de la logística fluvial a través de la Hidrovía del Paraná, un marco legal que promueva la innovación genética y tecnológica y uso como factor de influencia internacional, una reducción sostenida de la presión tributaria, y políticas que incentiven la producción agrícola e industrial especialmente en las regiones menos desarrolladas, pero no por eso carentes de potencial. El escenario 2026 ofrece ventanas concretas. El acuerdo Mercosur-Unión Europea no solo abre nuevos mercados, sino que evidencia que el bloque regional tiene mayor utilidad como plataforma de negociación que como mercado en sí mismo. Por otro lado, la mayor participación del sudeste asiático en la canasta exportadora marca una tendencia favorable hacia la diversificación de mercados, que debe consolidarse con la profundización de relaciones comerciales con regiones con crisis alimentarias recurrentes: África subsahariana, Medio Oriente e India. 

Estructuralmente, esto implica una estrategia de Estado que piense el alimento como poder –tanto para el desarrollo interno como para su posición geoestratégica –, no solo como divisa. En un contexto de creciente conflictividad e inseguridad alimentaria global, la discusión en Argentina ya no pasa por cuánto produce, sino por cuánto poder es capaz de construir a partir de aquello que produce.

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Facundo Piñón
Facundo Piñón
Redactor colaborador en El Estratégico. Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Siglo 21 y maestrando en Políticas Públicas en la Universidad Torcuato Di Tella. Cuenta con experiencia en medios digitales, consultoría y apoyo a la docencia universitaria, con interés en política nacional e internacional.

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