Gran parte de la economía digital global circula a través de una red de infraestructura que permanece invisible para la mayoría. El Atlántico Sur es hoy uno de los corredores más relevantes del mundo para el tránsito de datos. Cables submarinos de fibra óptica, estaciones terrenas y nodos de telecomunicaciones conforman una arquitectura con sus propias disputas de soberanía y un entramado de actores con diversas influencias. La Argentina se ha convertido en uno de los nodos más relevantes dentro de esa infraestructura.

El control de rutas marítimas otorgó durante siglos ventajas económicas y militares. El siglo XXI trajo consigo una nueva materia prima del poder: los datos. Los cables en el Atlántico Sur transportan transacciones financieras, comunicaciones gubernamentales y buena parte de la economía digital de la región. El cable de fibra óptica Firmina, propiedad de Google, con una traza aproximada de 13.500 kilómetros permite conectar Myrtle Beach (EE.UU), con Praia Grande (Brasil), Punta del Este (Uruguay) y Las Toninas (Argentina). Es uno de los cables más resilientes operativamente siendo el más largo del mundo capaz de funcionar íntegramente con una única fuente de energía en uno de sus extremos en caso de interrupción temporal de los demás sistemas de energía. Las Toninas es un nodo central al ser el principal punto de amarre de cables submarinos internacionales, permitiendo conectar a la Argentina con el mundo, condición que convierte a la localidad en infraestructura crítica para la conectividad de nuestro país. La interrupción de este nodo comprometería el tránsito de datos de toda la región.
Firmina no se encuentra solo. EllaLink conecta Europa con Brasil directamente sin pasar por Estados Unidos. Operando con 72 terabits iniciales y una latencia menor a 60 milisegundos conecta Fortaleza (Brasil) y Sines (Portugal). La implicancia geopolítica de este cable es innegable, permite el tráfico de datos entre el Cono Sur y Europa sin depender de infraestructura norteamericana. Con más de 80 sistemas de cables submarinos en la región –y varios de ellos envejeciendo– la competencia entre actores chinos y estadounidenses por el tendido de los cables es explícita y documentada.
Esta competencia por infraestructura crítica no se limita al fondo del océano. En la Patagonia continental, en Bajada del Agrio (Neuquén), desde 2018 opera la Estación CLTC-CONAE-NEUQUÉN, una antena de 35 metros de diámetro y 50 metros de altura, instalada por China Satellite Launch and tracking Control General (CLTC) para realizar seguimiento, telemetría y control de misiones de exploración lunar chinas. A este hecho se suma el acuerdo firmado en 2022 por Argentina y China para instalar una estación de seguimiento del sistema Beidou, un sistema global de navegación chino, en el Centro Espacial Teófilo Tabanera en Córdoba.
Más al sur, en Río Gallegos, opera una estación desarrollada por la empresa argentina Ascentio Technologies en asociación a la firma china Emposat. La misma, al igual que CLTC, brinda servicios de telemetría, seguimiento y comando para satélites comerciales. Su instalación se inserta dentro de un debate más amplio. Diversos centros de análisis han advertido acerca de las dificultades que representan estas estaciones terrestres por su potencial uso dual, la separación entre aplicaciones comerciales y aplicaciones vinculadas a la defensa se torna difusa. Al otro extremo del tablero, Starlink opera desde 2024 y mediante la Resolución 372/2026 recibió autorización de ENACOM (Ente Nacional de Comunicaciones) para utilizar nuevas bandas de frecuencia y ampliar su capacidad de servicio.
Tierra del Fuego emerge como un nodo de relevancia estratégica dentro de la infraestructura digital del Atlántico Sur. La provincia austral concentra activos vinculados a las telecomunicaciones, observación espacial y proyección antártica. Las cercanías de Tolhuin alojan la Estación Terrena Tierra del Fuego de la CONAE (Comisión Nacional de Actividades Espaciales). Es la estación más austral de la red argentina contando con condiciones únicas para seguimiento de satélites en órbitas polares. Bajo el Estrecho de Magallanes, además, yace un cable submarino de aproximadamente 40 kilómetros tendido en 2012 por ARSAT (Empresa Argentina de Soluciones Satelitales S.A.).
Integrado a la Red Federal de Fibra Óptica permitió conectar Tierra del Fuego con el continente, convirtiendo a la provincia en un punto de paso dentro de la infraestructura digital nacional. La importancia de la provincia quedó reflejada en la controversia generada por el proyecto Argentina Space Radar (AGSR) de la empresa estadounidense LeoLabs. Presentada como una obra cuyo objetivo era la observación de desechos espaciales en órbita baja y satélites, la presencia del radar en Tolhuin despertó cuestionamientos políticos por su ubicación geográfica y la presencia de socios británicos dentro de la empresa. Este episodio evidenció la creciente disputa de múltiples actores que buscan ampliar sus capacidades de observación, comunicación y procesamiento de datos en el extremo austral de nuestro continente.
El encuadre resultante muestra un conjunto disperso de actores e instalaciones, cada una con sus propias reglas de confidencialidad, cadenas de reporte y obligaciones hacia sus Estados de origen. Durante décadas la relevancia del Atlántico Sur estuvo asociada a sus rutas marítimas, recursos pesqueros y la proyección antártica. En este escenario, Argentina, con su proyección geográfica y la concentración de infraestructura crítica dentro de su territorio, se ubica como un actor cada vez más relevante en una competencia global donde la información se convirtió en un recurso estratégico tan relevante como la energía o las rutas marítimas.
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