El pasado 15 de julio de 2026, Argentina venció 2 a 1 a Inglaterra en las semifinales del Mundial y se clasificó a la final. Al finalizar el partido, Giovanni Lo Celso extendió sobre el césped una bandera blanca que reivindicaba: “Las Malvinas son argentinas“. La imagen recorrió el mundo en minutos. No la transmitió un comunicado de Cancillería, ni una resolución de la ONU, ni un discurso presidencial, sino un jugador de fútbol en el escenario deportivo más visto del planeta. En un partido de alto impacto simbólico —frente al mismo país con el que Argentina libró una guerra hace 44 años— la causa Malvinas alcanzó una visibilidad global que la diplomacia tradicional no ha logrado sostener en décadas.
Este fenómeno no fue casualidad. Argentina posee uno de los activos de soft power más reconocidos del mundo: su selección de fútbol. El soft power se refiere a la capacidad de un Estado de influir sobre otros no mediante la coerción, sino a través del atractivo de su cultura, sus valores y su narrativa. El fútbol argentino, con Lionel Messi como emblema global, genera exactamente ese tipo de adhesión masiva que ninguna política exterior puede replicar a bajo costo ni tan rápidamente. Sin embargo, Argentina no tiene una estrategia deliberada para convertir ese capital simbólico en poder político. Lo que ocurrió en Atlanta fue producto de la emoción espontánea de los jugadores, no de una política de Estado.
Ante esto, la pregunta estratégica es: ¿Qué hace el Estado argentino cuando se producen esas ventanas de visibilidad? ¿Sabe aprovechar las potencialidades de poder que ofrece el fútbol? Y la respuesta, considerando los antecedentes, genera pocas expectativas. Argentina ha demostrado una notable capacidad para estar presente en el escenario global cuando el fútbol lo permite, y una igualmente notable incapacidad para traducir esa presencia en avances concretos sobre sus objetivos estratégicos de política exterior. Es decir, la excepcionalidad del momento –y toda la emocionalidad que generó– no logró institucionalizarse en una estrategia de influencia.
Finalmente, España venció 1-0 a Argentina en la final del Mundial 2026. Este resultado marcó el final de una oportunidad histórica para relanzar una narrativa que consolide el reclamo soberano de Malvinas y lo posicione en la agenda internacional. Argentina perdió el partido más importante del año cuatro días después de haber protagonizado el momento simbólico más potente del torneo. Si el Estado argentino no convierte ese momento en agenda diplomática concreta antes de que el Mundial desaparezca de la cobertura mediática global, habrá sido, una vez más, visibilidad desperdiciada.
Más allá del fútbol, ¿en qué quedó la causa Malvinas?
La coyuntura previa al partido ya había reinstalado Malvinas en la agenda internacional por canales más convencionales. El 24 de abril de 2026, se difundió un comunicado interno del Pentágono que contemplaba, entre una serie de represalias contra aliados de la OTAN que no respaldaron las operaciones militares estadounidenses en Medio Oriente, la posibilidad de reconsiderar el apoyo diplomático de Washington a las “posesiones imperiales” europeas, con mención explícita a las Islas Malvinas. La reacción inmediata del gobierno británico reafirmó que la soberanía de las islas no está en discusión, mientras el Departamento de Estado aclaró que la posición de EE.UU. sigue siendo la neutralidad.
El documento, no obstante, reinstaló la cuestión en la conversación global y generó un debate inusual en medios anglosajones que rara vez abordan el tema. Además, apenas tres semanas antes del partido de Atlanta, el Comité Especial de Descolonización de las Naciones Unidas había aprobado por consenso una nueva resolución instando al Reino Unido a reanudar las negociaciones de soberanía con Argentina –resolución que se adopta, con la misma respuesta de Londres, desde 1983–.

En consecuencia, la causa Malvinas acumula respaldo multilateral reiterado, genera momentos de alta visibilidad global y cuenta con un contexto geopolítico que, por primera vez en décadas, pone a Washington en una posición ambigua respecto al Reino Unido. Sin embargo, ninguno de esos elementos se traduce en avances concretos, incluso a pesar del momento excepcional generado en el partido contra Inglaterra. El respaldo del Comité de Descolonización es sistemáticamente ignorado por Londres. El documento del Pentágono fue rápidamente desmentido por el propio Departamento de Estado. Y el gobierno argentino, en una decisión que demuestra perfectamente la tensión entre discurso y estrategia, rechazó el inicio del proyecto petrolero Sea Lion en la Cuenca Malvinas Norte —sobre reservas estimadas en más de 900 millones de barriles— pero sin articular una respuesta más allá del comunicado.
Por otro lado, el alineamiento de Javier Milei con Donald Trump es entendido por algunos analistas como una palanca para avanzar en Malvinas, pero presenta cierta complejidad. El documento del Pentágono menciona a Milei como aliado estrecho de Trump, y esa proximidad podría, en teoría, operar como factor de presión sobre Londres. Pero ese mismo alineamiento tiene costos: Argentina votó en marzo de 2026 en la ONU en contra de la resolución que define la esclavitud racializada como crimen de lesa humanidad, debilitando su vínculo con la Unión Africana, cuyos 55 votos son históricamente relevantes en el Comité de Descolonización. Además, EE.UU. no ha cambiado formalmente su posición de neutralidad –ni da señales de que eso pudiera concretarse en un futuro– , y el Reino Unido accedió a participar en las operaciones en Irán, lo que reduce la presión que el documento del Pentágono pretendía ejercer. En suma, el alineamiento con Washington puede ser una apuesta estratégica válida, pero por ahora es más un gesto de sintonía ideológica que una negociación con agenda clara sobre Malvinas.
Lo que vuelve urgente esta discusión es que el valor estratégico de las islas no deja de crecer. La pesca representa el 63% del PBI de las Islas Malvinas y el 92% de sus exportaciones, según el Comité Especial de Descolonización de la ONU (2025), e incluye especies de alto valor, capturadas en los 1.639.900 km² del espacio marítimo que Argentina considera parte de su territorio nacional. El proyecto Sea Lion suma una dimensión hidrocarburífera con potencial de largo plazo: su Fase 1 y 2 ya avalada por el gobierno isleño suponen más de 149 millones de barriles adicionales sobre un recurso total estimado que supera los 900 millones.
A eso se suma la dimensión antártica, dado que quien controla las islas tiene proyección directa sobre el sector antártico y su plataforma continental, en un contexto donde China y Rusia ampliaron su presencia en el continente blanco. Cabe considerar, también, que el Tratado Antártico –aquel que fija las pautas de uso pacífico y suspende los reclamos de soberanía sobre el continente– contempla la posibilidad de ser revisado a partir del año 2048. En el ámbito militar, la base de Monte Agradable, con sus cazas Typhoon FGR4, opera como nodo de control aéreo y logístico del Atlántico Sur, y el Reino Unido realizó en 2025 al menos cinco maniobras militares en torno a las islas. De esta forma, Malvinas no es solo un símbolo de identidad nacional, sino un activo geopolítico en disputa activa.
En conclusión, la imagen de Lo Celso con la bandera en Atlanta genera empatía y reconocimiento global, pero no modifica la posición del gobierno británico, no destraba negociaciones y no construye coaliciones en los foros donde la cuestión se dirime. Para que el poder blando opere como instrumento de política exterior, debe estar integrado en una estrategia más amplia, que incluya una diplomacia cultural activa, una narrativa coherente sostenida en el tiempo y que trascienda a los gobiernos de turno, alianzas multilaterales sólidas y contrapartidas concretas en cada instancia de negociación. Argentina tiene los activos —el fútbol, la cultura, el idioma, la trayectoria histórica— pero no tiene la ingeniería institucional para explotarlos estratégicamente.
Lo que revelan en conjunto el partido de Atlanta, el memo del Pentágono, la resolución del C-24 y el avance del proyecto Sea Lion es que la ventana de oportunidad existe, pero que Argentina carece de capacidad política para aprovecharla. La cuestión Malvinas se resuelve –si es que alguna vez se resuelve– con una estrategia de Estado que combine poder blando y poder duro, multilateralismo y bilateralismo, narrativa global y negociaciones concretas. Por ahora, Argentina demuestra que sabe ganar partidos de fútbol mejor que ningún otro país del mundo. La pregunta que sigue sin respuesta es si alguna vez aprenderá a jugar también en el otro tablero.
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